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sábado, 15 de junio de 2013

¿A quién le corresponde el mérito? (Por Josh McDowell)


Rom 3:27-28 ¿Dónde, pues, queda el orgullo del hombre ante Dios? ¡Queda eliminado! ¿Por qué razón? No por haber cumplido la ley, sino por haber creído

Hace muchísimos años, antes de que naciera ninguna persona que tú conoces —desde el año 1508 hasta el 1512 para ser exactos— Miguel Ángel, el extraordinario pintor, escultor, arquitecto y poeta italiano, acostado de espalda, se dedicó a decorar con sus obras de arte el cielo raso de la Capilla Sixtina en Roma. Pintó nueve escenas del libro de Génesis, incluyendo la creación de Adán, la creación de Eva, la tentación y caída de Adán y Eva, y el Diluvio.

Cuando de lo máximo en arte se trata, Miguel Ángel se lleva el premio. Pero esto es algo que nunca lo hubieras oído decir: "Me adjudico el mérito por la hermosura de mi expresión artística. Cada una de mis obras de arte —mi famosa escultura de David, las escenas que pinté en el cielo raso de la Basílica de San Pedro en Roma— las hice todas yo. Nadie me ayudó para nada". No vas a encontrar esas palabras en ningún libro de historia, porque Miguel Ángel nunca las dijo.

A muchos nos gusta contarles a los demás las cosas importantes que hacemos. No tenemos que esperar mucho en el campo de juego o en los recreos o en el aula para oír los alardes impresionantes de algunos. Cosas como: "¡Una vez le di un puntapié tan fuerte a la pelota de fútbol que la reventé!"; o "Prepárate, porque es más que seguro que te gano en esta competencia!"; o "¡Mi papá tiene un furgón lleno de oro!".

Pero la mayoría de las personas cuyos logros son verdaderamente importantes admiten que son solo parcialmente responsables de su éxito. Con frecuencia adjudican el mérito a Dios por sus habilidades, su inteligencia o talento. Por ejemplo, en el ocaso de su vida, Miguel Ángel escribió: "Creo que he sido designado por Dios para este trabajo... trabajo motivado por mi amor a Dios y pongo toda mi esperanza en él".

Cuando logras algo excelente —sea grande o pequeño— ¿a quién le atribuyes tu éxito? Darle el mérito a quien le corresponde comienza con reconocer que tus habilidades en realidad provienen de Dios. Si él no te hubiera creado y dotado de todo tipo de talentos, no lograrías nada.

Y cuando del don del perdón se trata, en realidad nada tuviste que ver con eso. Tú no lo creaste, no te lo compraste, no te lo ganaste ni lo inventaste. No fue idea tuya. No es una obra de arte tuya. Perdonarte es algo que tu Dios lleno de amor hizo por ti. Te lo da como un regalo totalmente gratuito.

Por Josh McDowell

viernes, 14 de junio de 2013

Jesús y yo (Por Josh McDowell)


Rom 3:25 Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera el instrumento del perdón.

La siguiente demostración es una manera fabulosa de presentar la profunda verdad de que Jesús murió por nuestros pecados. Necesitarás un huevo crudo, un envase de lata vacío (abierto en un extremo), un trozo pequeño de madera y un martillo. Luego haz lo siguiente frente a tus amigos y familiares:
  • Coloca el trozo de madera sobre la mesa y sobre él acomoda el huevo con cuidado. Por ahora, ten escondido el envase, pero pon el martillo sobre la mesa.
  • Di: "Este huevo nos representa a cada uno de nosotros. La Biblia dice que todos hemos pecado, y que el castigo de Dios por el pecado es la muerte".
  • Muestra el martillo. "Este martillo representa el castigo de Dios por nuestros pecados".
  • Sostén el martillo encima del huevo y di: "¿Qué va a pasar cuando le dé un golpazo al huevo con este martillo?". Quizá los presentes respondan diciendo cosas como: "¡Un gran salpicadero!" o "Huevo batido" o "Un salpicón de huevo".
  • Muestra el envase de lata y cubre con él el huevo.
  • Dale un fuerte martillazo a la parte de arriba del envase. El sonido del golpe probablemente sobresalte a todos.

Si todo te sale bien, tendrás un envase bastante abollado, pero cuando lo levantas encontrarás al frágil huevo todavía intacto. Y aquí es donde impresionarás a todos con tu percepción espiritual:

Jesús recibió el golpe en lugar de nosotros, igual como el envase de lata recibió el golpe en lugar del huevo. La Biblia dice que muriendo en la cruz en nuestro lugar, Jesús se colocó entre nosotros y el juicio de Dios por nuestros pecados. No podríamos sobrevivir la ira de Dios contra nuestros pecados igual como el huevo no hubiera podido permanecer intacto si le hubiera dado un martillazo directo. Pero no tenemos que sufrir el juicio de Dios gracias a la disposición de Jesús de dar su vida por nuestros pecados. Escapar de la ira de Dios es un regalo que recibimos sencillamente por confiar en Jesús.

Ahora observen el envase abollado. Piensen en lo que le costó a Dios perdonarnos nuestros pecados. Durante las últimas horas de su vida, Jesús —que no había hecho nada malo— fue objeto de maldiciones, burlas, escupidas y azotes. Le colocaron una corona de espinas en la frente. Y fue clavado en una cruz.

Ese fue el enorme precio que Jesús pagó por nuestros pecados. Pero también representa el asombroso valor que tenemos para Dios. Dios nos amó tanto que envió a su Hijo para morir por nuestros pecados y así pudiéramos ser sus amigos.

Por Josh McDowell